NOVEDADES

Homilía 2do Domingo de Cuaresma 05/03/2023


A través de la Transfiguración, los tres discípulos están llamados a reconocer en Jesús al Hijo de Dios resplandeciente de gloria. Avanzan en el conocimiento de su Maestro, dándose cuenta de que el aspecto humano no expresa toda su realidad; a sus ojos se revela la dimensión sobrenatural y divina de Jesús. Esto lo confirma desde arriba una voz que dice: «Este es mi Hijo amado […]. Escuchenlo» (v. 5). Es el Padre celestial quien confirma la investidura de Jesús invitando a los discípulos a escucharlo y seguirlo. Como a Abraham animarnos a dejar lo conocido, la propia tierra, para transitar por el camino de lo no sabido, en fe. “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré.”

Dice Francisco en el mensaje de Cuaresma del 2023: “en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis… Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña.

En el “retiro” en el monte Tabor, Jesús llevó consigo a tres discípulos, elegidos para ser testigos de un acontecimiento único. Quiso que esa experiencia de gracia no fuera solitaria, sino compartida, como lo es, al fin y al cabo, toda nuestra vida de fe. A Jesús lo seguimos en comunidad, juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje.

Jesús «se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aquí está la “cumbre”, la meta del camino. Al final de la subida, mientras estaban en lo alto del monte con Jesús, a los tres discípulos se les concedió la gracia de verle en su gloria, resplandeciente de luz sobrenatural. Una luz que no procedía del exterior, sino que se irradiaba de Él mismo. La belleza divina de esta visión fue incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo que los discípulos hubieran podido hacer para subir al Tabor.

Como en cualquier excursión exigente de montaña, a medida que se asciende es necesario mantener la mirada fija en el sendero; pero el maravilloso panorama que se revela al final, sorprende y hace que valga la pena.

El camino ascético cuaresmal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual. Para que esta transfiguración pueda realizarse en nosotros este año, Francisco proponer dos “caminos” a seguir para ascender junto a Jesús y llegar con Él a la meta.

El primero se refiere al imperativo que Dios Padre dirigió a los discípulos en el Tabor, mientras contemplaban a Jesús transfigurado. La voz que se oyó desde la nube dijo: «Escúchenlo» (Mt 17,5). Por tanto, la primera indicación es muy clara: escuchar a Jesús. En las Escrituras, en los acontecimientos.

Y añade también otro aspecto, muy importante en el proceso: el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal.

Al escuchar la voz del Padre, «los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo» (Mt 17,6-8). He aquí la segunda indicación para esta Cuaresma: no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones. La luz que Jesús muestra a los discípulos es un adelanto de la gloria pascual y hacia ella debemos ir, siguiéndolo “a Él solo”.

 San Juan de la Cruz, en el camino de perfección, en la subida al monte, cuando Dios invita a avanzar hasta donde nos quiere llevar de nada tras nada para abrazarnos al todo, reza:

Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada.

Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada.

Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.

Para venir a lo que gustas, has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes.

Para venir a poseer lo que no posees, has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo.

Para venir del todo al todo, has de dejarte del todo en todo, y cuando lo vengas del todo a tener has de tenerlo sin nada querer. Es en el despojo de sí mismo en el abandono en Dios y solo bajo su guía y control donde hallamos, la plenitud, nuestra transfiguración.

MENSAJE DE LOS OBISPOS DE CÓRDOBA

Esta semana todos los obispos de la Provincia de Córdoba estuvieron reunidos en Villa Cura Brochero y quieren compartirnos el siguiente mensaje:

En esta reunión participaron:

> Mons. Ángel Rossi
> Mons. Ricardo Seirutti
> Mons. Ricardo Araya
> Mons. Samuel Joffre
> Mons. Adolfo Uriona
> Mons. Gustavo Zurbriggen
> Mons. Sergio Buenanueva

Homilía 1er Domingo de Cuaresma 26/02/23

EN CUARESMA AL DESIERTO

El desierto tiene muchas dimensiones. Es lugar de seducción y de encuentro con Dios. Y es también lugar de prueba, de lucha. El desierto es tremendo y fascinante a la vez.

 “al desierto no hay que buscarlo en el mapa. El Sahara inmenso me acoge ahora en un ángulo de la casa, incluso en una calle, en una plaza, en un lugar lleno de gente, todas las veces que me decido a liberarme de la esclavitud de lo contingente e ilusorio, del chantaje de lo urgente, de los condicionamientos de la apariencia, del totalitarismo del hacer, de la dictadura de lo exterior”.

Es el desierto nuestro lugar de combate: “No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal.”

En el desierto nos quedamos con lo esencial: la vida, el agua, lo mínimo para vestirse y cubrirse contra el sol.  Allí se vuelven inútiles las cosas que en lo cotidiano nos dan seguridad y hasta grandeza: la tarjeta de crédito, la computadora, mis títulos, mi curriculum, la agenda desbordante de compromisos asfixiantes. Será un buen ejercicio repasar qué es esencial en mi vida y qué lugar ocupa en mi corazón, en mi tiempo: fe, familia, trabajo, amigos, solidaridad -sobre todo con los más débiles-, y de qué superficialidades, o cosas superfluas sería bueno despojarme u ordenarme.

En el desierto “la trivialidad que nos servía de defensa se derrite y nos permite ‘tocar’ otros niveles más hondos y más verdaderos de nuestra persona que antes ni sospechábamos poseer” (Dolores Aleixandre). Nos interpele aquella expresión de Santa Teresa y de otros santos y santas: “vivir en verdad”.

Vamos al desierto para que nuestro para que aparezca nuestra verdadera identidad. en el desierto nos reencontramos con el nombre más importante, el que nos pone de pie frente a nuestra indignidad: y ese nombre es el de “hijo”. En el desierto necesitamos dejarnos decir por el Padre: “Tú eres mi hijo muy amado…”. Sabernos amados incondicionalmente por Dios nos hace “levantar la mirada”.

En el desierto experimentamos la sed. Jesús viene a nuestra historia tal como esta es, abierta, incompleta, vacía o fracasada, para decirnos: “El que tenga sed, que se acerque, y el que lo desee, reciba gratuitamente el agua de la vida”

Él sabe que no alcanzaremos a acceder al bien que nos sacia, ni podríamos adquirirlo en ninguna arte  porque solo él puede dárnoslo. En Jesús se cumple la profecía de Isaías : “Ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan trigo sin dinero, y coman, pidan vino y leche, sin pagar. ¿Para qué van a gastar en lo que no es pan y dar su salario por cosas que no alimentan? Si ustedes me hacen caso, comerán cosas ricas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas.» Isaías, 55, 1-2

A nuestros escases se le promete abundancia, a nuestra carencia, ayuda en plenitud. Dios sabe cuánto impide que lleguemos a esa fuente de vida. Invertimos y gastamos en lo que no nos alimenta. Estamos cerca de la fuente y buscamos saciarnos en lo que no sacia nuestro deseo. “ Si conocieras el don de Dios, si supieras quién es el que te pide de beber, tú misma le pedirías agua viva y él te la daría.» Juan 4, 10

El principito encuentra un  vendedor de píldoras que apagan la sed, y que con esas píldoras, se pueden ahorrar cincuenta y tres minutos cada semana. El principito, piensa que teniendo cincuenta y tres minutos de ahorro los usaría para beber agua fresca de un manantial.

Píldoras, píldoras para la sed, llévelas para esa sed que le quema la garganta, para la deshidratación, para cuando se pierde en el desierto, para cuando se siente desfallecer. Para cuando va a viajar al desierto. Producto garantizado. No más sed, no más estorbosos vasos o botellas de agua…

– PRINCIPITO: Buenos días.

– VENDEDOR: Buenos días, lleva tus píldoras para la sed a un precio de promoción…Tragas una a la semana y no sientes necesidad de beber líquidos por una semana…

PRINCIPITO: Por qué vendes eso?

– VENDEDOR: Entre otras cosas, para economizar tiempo, se ahorran cincuenta y tres minutos a la semana.

– PRINCIPITO: Y qué haces con esos cincuenta y tres minutos?

– VENDEDOR: Haces lo que quieres menos perder el tiempo en beber agua.

– PRINCIPITO: Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría muy despacio hacia una fuente.

También en la vida tenemos muchos modos de demorar nuestra ida a la fuente de la vida. Perdemos el tiempo o enredados en nuestras propias fragilidades o postergando para más adelante  el llamar las cosas por su nombre y asumir en paz lo que soy y estoy llamado a entregar.

Buscamos apurar el paso atraídos por la dinámica de intensidad y eficacia en que nos atrapa la mundanidad del ya.

Es el desierto el lugar donde está llamada a aparecer nuestra verdadera sed. ¿Sedientos de qué?; ¿de quién? Puede ocurrir que, instalados en la rutina, desestimemos las señales de la sed y que estas, en un determinado momento, resulten tan incomprensibles como una lengua extranjera en la que no hemos sido iniciados. Sin embargo, la necesidad vital de restauración está, desde siempre, clavada en nuestra carne. No podemos simular que la sed no existe. Es más: del hecho de que sepamos «escucharla» depende la cualificación espiritual de la vida. «El que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22,17)

Padre Javier Soteras

PRESENTACION «EL CAMINO DE BROCHERO»

El día jueves 23 se realizó el acto de presentación de “El camino de Brochero” un proyecto turístico que conecta tres destinos de la provincia de Córdoba: Villa Santa Rosa de Río Primero, Ciudad de Córdoba y Villa Cura Brochero. Se trata de 15 circuitos que recorren nacimiento, infancia, juventud, formación académica y religiosa y obra pastoral y social de San José Gabriel Brochero.

En este acto participaron el Gobernador de la Provincia de Córdoba, Juan Schiaretti, el Intendente de la Ciudad Martín Llaryora, el Arzobispo Monseñor Ángel Rossi, nuestro párroco Padre Javier Soteras, entre otras autoridades.

Monseñor Rossi destacó la importancia de este proyecto para la Iglesia ya que “la peregrinación no es para nosotros un paseo turístico, sino lo más propio nuestro.” Refiriéndose así a una Iglesia siempre peregrina, siempre en salida.
“Peregrinamos siguiendo las huellas que dejó alguien grande, creíble, recorremos los lugares, los mojones, los hitos que marcaron su vida y que alientan y animan nuestro caminar. Brochero fue un peregrino seguible.” Expresó Monseñor Rossi.

CUARESMA 2023: MIERCOLES DE CENIZAS

El Miércoles de Cenizas comenzó Cuaresma: 40 días para acompañar a Jesús y para pedirle que entre en nuestros corazones y nos transforme.

Homilía de nuestro Arzobispo Monseñor Ángel Sixto Rossi:

CENIZAS Y FUEGO

Hacerse cargo de las cenizas

“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. Con estas palabras, pronunciadas por primera vez por el Señor a Adán (Gen 3,19), la Iglesia nos da la bienvenida a la puerta de la Cuaresma. Quizás uno piense: ¡Lindo saludito, podría ser más amable! Y para colmo, en vez de echarte agüita fresca en la frente, te la
signa y te la ensucia con ceniza, que en vez de acariciarte suavemente la piel, te roza y te raspa, e incluso es tan sutil, tan finita, que cae por el rostro hacia el pecho pasando por los ojos, la nariz y la boca, y entonces, en vez de una sonrisa más te despierta una fruncida de ceño.
Y es que a nadie le gusta que le recuerden que estamos hechos de polvo, que no somos tan grandes como sospechábamos, que no somos huéspedes eternos de este mundo ni mucho menos sus dueños, que la omnipotencia no es lo nuestro aunque a veces nos guste jugar con ella, que aun siendo el mejor de los domadores, siempre habrá un potro con el que no podremos: la muerte, como bellamente lo expresa Leopoldo Marechal en aquel epitafio a un domador:

Domó en la pampa todos los caballos,
menos uno.
Por eso duerme aquí Celedonio Barral,
con sus manos prendidas
a la crin de la tierra.

(…) El potro de la muerte
no se rindió a su espuela
de antiguo domador y jinete final.
Por eso duerme aquí,
silencioso y vencido:
porque domaba todos los caballos,
menos uno

El Quijote le decía a su querido escudero: “-Sancho, los que más nos quieren, más nos hacen llorar”, frase que no hay que entenderla en un sentido sadomasoquista, sino en cuanto que aquellos que nos quieren bien, son los que muchas veces nos dicen esas verdades tan fuertes como necesarias. Y la Iglesia que
es Madre, y que por serlo abraza, acaricia, cura las heridas, por eso mismo también, con delicadeza pero con firmeza, nos despierta de nuestras somnolencias, nos hace reaccionar ante nuestras modorras recordándonos que “…ahora es el tiempo propicio, ahora es el tiempo de tu salvación” (2 Cor 6,2).

Cuaresma es el “tiempo propicio” para revisar si andamos apostando a las cosas que no pasan, o a las que un día serán polvo. Y parecería que para que no se nos pase la vida sin hacer este ejercicio espiritual de discernir, y elegir, es necesario que nos refrieguen la cabeza con ceniza, como diciéndonos: “No se me olvide m’hijo que muchas de esas cosas a las que le está metiendo el corazón van a ser esto… y nosotros también”. Si bien es cierto que nosotros -según el poeta tendremos una gran ventaja: “seremos ceniza, polvo, pero polvo enamorado”; no cualquier ceniza, sino ceniza que conoció el Amor, que fue tocada por Él.

Hacerse cargo del fuego

Pero además de hacernos cargo de las cenizas que somos, la Iglesia nos
invita a ahondar en ellas, a buscar y hacernos cargo también del fuego, del rescoldo
que las cenizas están tapando. Quizás por eso otros ministros al signarnos en la
frente prefieren usar la otra fórmula: “Conviértete y cree en el Evangelio”,
impulsándonos a cambiar nuestras sendas, a desenterrar nuestra fe, nuestra
esperanza, nuestra caridad, a veces tan tapadas por las cenizas de nuestras perezas,
de nuestra mediocridad, de nuestros miedos y mezquindades, animándonos a no
descorazonarnos por la apariencia de hoguera apagada que a veces tiene nuestro
corazón. Lindo aquello que escribiera Antonio Machado en tiempo de mucha
desesperanza:

“Creí mi hogar (mi chimenea) apagado
y revolví la ceniza …
Me quemé la mano”.

Cuenta uno de los relatos del Desierto que “un día el abad Lot fue a ver al
abad José y le dijo: -Padre, en la medida que puedo observo una regla sencilla,
hago pequeños ayunos, practico algo de oración y meditación, guardo silencio, y en
la medida de lo posible, procuro mantener limpio mi pensamiento. ¿Qué más
debería hacer?. El viejo monje se puso de pie, alzó las manos hacia el cielo, y sus dedos se
convirtieron en diez antorchas llameantes. Entonces dijo: -¿Por qué no te transformas en fuego?
Cuaresma es por lo tanto el tiempo para preguntarnos también: ¿Queda algún
fuego en estas cenizas? Como hacen nuestros hombres del campo, que no apagan el
fuego a la noche, sino que entierran el rescoldo todavía caliente entre las cenizas, y
así lo mantienen vivo hasta la fría mañana siguiente en que lo desentierran, lo
vuelven a reavivar. El viejo fuego no muere, sino que conserva su calor, para
encender el nuevo fuego. Eso nos pide la Iglesia al comenzar la Cuaresma:
“Conviértanse”, es decir, desentierren el rescoldo de las cenizas, no mañana, sino
hoy, porque hay demasiado frío en este mundo que está necesitando el calor de
nuestro amor hecho gesto, hay demasiada sombra que necesita de nuestra humilde
luz, esa luz que no hemos gestado nosotros, nos ha sido dada en el bautismo,
simbolizada en aquella velita encendida que tomaron nuestros padres y padrinos y
que en la Confirmación asumimos nosotros, y de la que cariñosamente se nos va a
pedir cuenta: “Ustedes que por pura gracia de Dios ven… ¿qué han hecho de la
luz?”. Ustedes que conocieron el fuego de mi amor, ¿qué hogueras nuevas han
encendido?
Cuenta Martín Descalzo que un día un periodista le preguntó a Cocteau –
especialista en arte: -¿Qué salvaría usted del Museo del Louvre, si se incendiara y
pudiera rescatar una sola obra de arte? Y Cocteau respondió: “Yo salvaría el
fuego”. Dios quiera que nosotros en esta Cuaresma, también.